Hacia la igualdad

A través de la socialización se generan procesos de identificación, se crean modelos a seguir. En el caso de las niñas se espera que la identificación sea con la madre. Es un aprendizaje emocional y profundo que va más allá de la observación y la imitación de un modelo: implica reflexionar constantemente sobre sí mismas y sobre el mundo que las rodea y, dependiendo del tipo de ambiente y de las normas sociales, contar con un mayor o menor margen de alternativas y modelos a seguir. Por lo tanto, la introyección y adopción de emociones, culpas, ideologías, actitudes, comportamientos y valores asociados a la feminidad tradicional ocurren en distintos grados de acuerdo a los contextos. Así, un mayor grado de restricción y represión resulta en un menor margen de exploración y libertad.

La normativa social que predomina para las niñas promueve conductas orientadas al cuidado de la estética, la maternidad, a las labores domésticas y al cuidado de otras personas. Se les enseña a imitar a la madre que, por muy moderna y ejecutiva que sea, no deja de asumir la responsabilidad del ámbito doméstico. Aunque en diversos círculos sociales se fomenta que las niñas estudien y se preparen profesionalmente, ello no las exime de seguir siendo educadas bajo los elementos mencionados. Para cuando llegan a la adolescencia, las niñas ya han internalizado patrones de comportamiento que las vinculan a lo femenino.

Por otro lado, los niños, desde temprana edad, reciben mensajes encaminados a resaltar su fortaleza y estimular su deseo de explorar el mundo, pero siempre sin transgredir un orden social relacionado con la masculinidad hegemónica. Este concepto no es más que una dinámica cultural que postula y sostiene la posición de superioridad y liderazgo de hombres, así como la subordinación de las mujeres. Es una forma de masculinidad exaltada que se configura a través de prácticas de género: En este contexto, los hombres, desde la infancia, sienten la necesidad de reafirmar su identidad masculina y demostrar que son racionales, fuertes, dominantes, valientes, líderes y proveedores, entre otras características.

Todo lo que sabemos y decimos sobre nuestro cuerpo está influenciado por nuestras construcciones culturales. Este cuerpo que tenemos no sólo es nuestra única manera de existir en el mundo, sino también el lienzo sobre el que la sociedad proyecta símbolos y conceptos, antes de que podamos decidir si nos gustan o no. Antes de que podamos reconocernos frente al espejo, nuestro cuerpo ya está cargado de significados. Literalmente: cuando una mujer está embarazada y se entera del sexo del feto, los estereotipos empiezan a operar. Para el momento en que somos capaces de comprender qué es un estereotipo, ya lo hemos interiorizado. Como señala Chimamanda Ngozi, el problema con los estereotipos de género no es que sean falsos, sino que representan la verdad completa.

Por otra parte, nuestro cuerpo es todo lo que tenemos para relacionarnos con el mundo. Todo lo que sabemos y entendemos está condicionado por las características de percepción de nuestro cuerpo, puede ser alto o bajo, delgado o robusto, con alguna, múltiples o ninguna discapacidad, entre otros aspectos. René Descartes planteaba la división entre cuerpo y mente, afirmando que el cuerpo es algo inferior a la razón y al espíritu de lo que no proviene ningún tipo de conocimiento, en esta lógica el cuerpo queda reducido a ser un mero objeto o instrumento casi innecesario, prescindible, cuyo funcionamiento mecánico se puede dominar y predecir. Descartes sostenía que los sentidos engañan, sólo la razón es verdadera, al punto de que la substancia y total esencia o naturaleza del yo es el pensar. Sin embargo, desde la intersección filosofía y medicina la mente y el cuerpo son entendidos como una unidad y pueden influirse mutuamente, la comunicación entre ambos es bidireccional.

Aún hoy tendemos a pensar en “la mente” como algo ajeno a nuestro cuerpo, como si el cerebro no fuera un órgano. Esta dicotomía, mente-cuerpo, es una de muchas dicotomías conceptuales que conforman nuestro pensamiento binario: civilización-naturaleza, educado-salvaje, hombre-mujer, entre otras. En todas éstas hay una categoría dominante y otra dominada, porque han sido construidas como herramientas de poder. Las narrativas que creamos sobre nuestros cuerpos contienen la historia de nuestra cultura; sin embargo, es difícil identificarlo, porque solemos asumir lo contrario: que son los cuerpos los que determinan la cultura y no la cultura la que determina los cuerpos.

Esto se refleja claramente en la idea de que el género es, ante todo, una marca genital, una diferencia biológica que nos condiciona a hombres y mujeres. Una de las ideas fundamentales del feminismo es que la biología no define el destino, es decir, nuestro lugar en el mundo y nuestros derechos no deberían depender de las características y particularidades de nuestros cuerpos. Cuando Simone de Beauvoir afirma que las mujeres no “nacemos”, sino que por el contrario “llegamos a ser mujeres”, señala que nuestro género es algo que se aprende y se reitera a lo largo de la vida.

Aunque se cree que el sexo se determina biológicamente, los límites biológicos no son tan claros. Los genitales, que suelen considerarse el indicador definitivo del sexo, no siempre coinciden con los órganos reproductivos internos, o la composición cromosómica; por ejemplo, hay personas con vulva que no tienen útero, personas que tienen pene y útero, e incluso personas con una composición cromosómica XXY. Aunque estos casos no son frecuentes, su existencia pone en duda nuestras categorías binarias de género.

Sin embargo, en la vida cotidiana, no verificamos los órganos internos o el ADN para definir si alguien es hombre o mujer, interpretamos el género a partir de símbolos, de movimientos o expresiones que asocian una personalidad con un género específico. La filósofa Judith Butler llama a esto un “performance”: una repetición de acciones y símbolos que construyen la identidad a lo largo del tiempo. En este sentido, los cuerpos no son definitivos, son maleables y están en constante transformación.

Ese performance que hacemos diariamente, moldeado por nuestras ideas, aspiraciones, deseos y prejuicios, influye en nuestro cuerpo de forma similar a como el mar talla las rocas. Este proceso nos lleva a ser mujeres, hombres, personas no binarias o cualquier identidad que hayamos decidido asumir. Esa decisión afecta nuestras acciones, que a su vez modifican
nuestro cuerpo.

Cuando surgen figuras como la boxeadora argelina Imane Khelif o la atleta sudafricana Caster Semenya, la sociedad, a menudo cuestiona si son mujeres o no, porque su apariencia no se ajusta a los estándares de feminidad definidos por la masculinidad hegemónica.

Nos han hecho creer que las diferencias entre lo masculino y lo femenino son “naturales”; sin embargo, los seres humanos somos unos animales cuya cultura ha modificado profundamente nuestra forma de vivir. Por ello, cualquier argumento basado en “lo natural” merece sospecha. “Natural” sería andar desnudos, no construir casas o edificios, mucho menos usar tecnología como internet o el alfabeto. En realidad, empezamos a ser humanos en el momento en que dejamos de ser “naturales” y nos volvimos “culturales”. Nada en el mundo humano es “natural”, más bien es “naturalizado”, es decir, tan normalizado por nuestras culturas que parece anterior a ellas.

El argumento de “lo natural” está vinculado al esencialismo biológico, es decir, la creencia de que el cuerpo con el que nacemos determina nuestro destino. Esta idea es falsa, ya que nuestros cuerpos cambian con las decisiones que tomamos a lo largo de la vida. El género no está determinado por los genitales, está en el cerebro, y puede ser masculino, femenino, no binario o cualquier otra identidad. La definición del género no debería ser impuesta socialmente, sino una elección personal, aunque muchas veces es una imposición que puede ser violenta cuando no coincide con quien realmente somos. Por eso ser una persona cisgénero (cuyo sexo designado al nacer coincide con el género con el que se identifica) es un privilegio.

El cerebro humano también desmiente las nociones rígidas del género. La neurocientífica Daphna Joel, sostiene que estas afirmaciones son falsas, y que el cerebro humano es más parecido a un mosaico de características asociadas con ambos géneros. Este concepto de “cerebro mosaico”, explica que todos los seres humanos tienen una mezcla única de rasgos masculinos y femeninos, aunque algunos se inclinan más a lo masculino y otros a lo femenino, no hay cerebros completamente masculinos o femeninos. Estas investigaciones de Dapha Joel, como de Gina Rippon, Rebecca Jordan-Young, Cordelia Fina y Anelis Kaiser, entre otras, científicas, han demostrado que la plasticidad cerebral implica que las conexiones cerebrales cambian con las experiencias y lo que refuerza que el cerebro es moldeable y no predefinido.

Para el pensamiento feminista, los cuerpos no son sólo una cuestión biológica; son un territorio político. Dividir el mundo en categorías binarias invisibiliza a las personas de la comunidad LGBTTTIQ+. La humanidad es diversa, y esa diversidad la que desafía el binarismo rígido. Decir que “lo personal es político” significa reconocer que nuestras experiencias personales son parte de un sistema político más amplio.

El feminismo busca acabar con la desigualdad, no con el género. Lucha por garantizar que todas las personas tengan los mismos derechos. Nuestro lugar en la sociedad no debería depender de nuestros genitales ni de su potencial reproductivo. Además, el feminismo denuncia cómo el patriarcado históricamente ha diseñado el mundo para un cuerpo específico: el de los hombres blancos, heterosexuales y protestantes. Esto ha generado desigualdades reales y perpetuado la explotación, violencia y discriminación hacia las mujeres y otras comunidades vulnerables.

El patriarcado utiliza narrativas que buscan deslegitimizar al feminismo, afirmando que las feministas son feas, indeseables, difíciles, y que están condenadas a quedarse solas. Esta amenaza no es superficial: como seres sociales, necesitamos amor para nuestra supervivencia emocional. Sin embargo, esta dicotomía es falsa: no tenemos que escoger entre el amor y los derechos.

El feminismo es una lucha social por los derechos humanos. También es un conjunto de teorías, agendas, y praxis que busca la liberación, el empoderamiento y la emancipación de las mujeres. Esto incluye luchas como el acceso al aborto legal formal y la reivindicación de que la sangre menstrual no es sucia ni vergonzosa, sino un indicador de salud. Para muchas, el feminismo no sólo es una teoría, es una comunidad que apoya, escucha y validar las experiencias de injusticia sin tacharlas de exageradas o histéricas.

Referencias

1. Colín Colín, A. R. (2017). La desigualdad de género comienza en la infancia. Manual teórico-metodológico para transversalizar la perspectiva de género en la programación con enfoque sobre derechos de la infancia. México: Red por los Derechos de la Infancia.
2. Adichie, C. N. (2018). Todos deberíamos ser feministas. Ciudad de México: Penguin Random House Grupo Editorial.
3. Joel, D., Berman, Z., et al. (2015). Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112, (50) 15468–15473. https://doi.org/10.1073/pnas. 1509654112
4. Ruiz-Navarro, C. (2020). Las mujeres que luchan, se encuentran: Manual de feminismo pop latinoamericano. Ciudad de México: Penguin Random House Grupo Editorial.
5. De la Cerda, D. (2023). Desde los Zulos. Ciudad de México: Editorial Sexto Piso

Autora

Mónica Vázquez Hernández

Comisión Interna para la Igualdad de Género

IIMAS – UNAM