Ese performance que hacemos diariamente, moldeado por nuestras ideas, aspiraciones, deseos y prejuicios, influye en nuestro cuerpo de forma similar a como el mar talla las rocas. Este proceso nos lleva a ser mujeres, hombres, personas no binarias o cualquier identidad que hayamos decidido asumir. Esa decisión afecta nuestras acciones, que a su vez modifican
nuestro cuerpo.
Cuando surgen figuras como la boxeadora argelina Imane Khelif o la atleta sudafricana Caster Semenya, la sociedad, a menudo cuestiona si son mujeres o no, porque su apariencia no se ajusta a los estándares de feminidad definidos por la masculinidad hegemónica.
Nos han hecho creer que las diferencias entre lo masculino y lo femenino son “naturales”; sin embargo, los seres humanos somos unos animales cuya cultura ha modificado profundamente nuestra forma de vivir. Por ello, cualquier argumento basado en “lo natural” merece sospecha. “Natural” sería andar desnudos, no construir casas o edificios, mucho menos usar tecnología como internet o el alfabeto. En realidad, empezamos a ser humanos en el momento en que dejamos de ser “naturales” y nos volvimos “culturales”. Nada en el mundo humano es “natural”, más bien es “naturalizado”, es decir, tan normalizado por nuestras culturas que parece anterior a ellas.
El argumento de “lo natural” está vinculado al esencialismo biológico, es decir, la creencia de que el cuerpo con el que nacemos determina nuestro destino. Esta idea es falsa, ya que nuestros cuerpos cambian con las decisiones que tomamos a lo largo de la vida. El género no está determinado por los genitales, está en el cerebro, y puede ser masculino, femenino, no binario o cualquier otra identidad. La definición del género no debería ser impuesta socialmente, sino una elección personal, aunque muchas veces es una imposición que puede ser violenta cuando no coincide con quien realmente somos. Por eso ser una persona cisgénero (cuyo sexo designado al nacer coincide con el género con el que se identifica) es un privilegio.
El cerebro humano también desmiente las nociones rígidas del género. La neurocientífica Daphna Joel, sostiene que estas afirmaciones son falsas, y que el cerebro humano es más parecido a un mosaico de características asociadas con ambos géneros. Este concepto de “cerebro mosaico”, explica que todos los seres humanos tienen una mezcla única de rasgos masculinos y femeninos, aunque algunos se inclinan más a lo masculino y otros a lo femenino, no hay cerebros completamente masculinos o femeninos. Estas investigaciones de Dapha Joel, como de Gina Rippon, Rebecca Jordan-Young, Cordelia Fina y Anelis Kaiser, entre otras, científicas, han demostrado que la plasticidad cerebral implica que las conexiones cerebrales cambian con las experiencias y lo que refuerza que el cerebro es moldeable y no predefinido.
Para el pensamiento feminista, los cuerpos no son sólo una cuestión biológica; son un territorio político. Dividir el mundo en categorías binarias invisibiliza a las personas de la comunidad LGBTTTIQ+. La humanidad es diversa, y esa diversidad la que desafía el binarismo rígido. Decir que “lo personal es político” significa reconocer que nuestras experiencias personales son parte de un sistema político más amplio.
El feminismo busca acabar con la desigualdad, no con el género. Lucha por garantizar que todas las personas tengan los mismos derechos. Nuestro lugar en la sociedad no debería depender de nuestros genitales ni de su potencial reproductivo. Además, el feminismo denuncia cómo el patriarcado históricamente ha diseñado el mundo para un cuerpo específico: el de los hombres blancos, heterosexuales y protestantes. Esto ha generado desigualdades reales y perpetuado la explotación, violencia y discriminación hacia las mujeres y otras comunidades vulnerables.
El patriarcado utiliza narrativas que buscan deslegitimizar al feminismo, afirmando que las feministas son feas, indeseables, difíciles, y que están condenadas a quedarse solas. Esta amenaza no es superficial: como seres sociales, necesitamos amor para nuestra supervivencia emocional. Sin embargo, esta dicotomía es falsa: no tenemos que escoger entre el amor y los derechos.
El feminismo es una lucha social por los derechos humanos. También es un conjunto de teorías, agendas, y praxis que busca la liberación, el empoderamiento y la emancipación de las mujeres. Esto incluye luchas como el acceso al aborto legal formal y la reivindicación de que la sangre menstrual no es sucia ni vergonzosa, sino un indicador de salud. Para muchas, el feminismo no sólo es una teoría, es una comunidad que apoya, escucha y validar las experiencias de injusticia sin tacharlas de exageradas o histéricas.